jueves, 20 de mayo de 2010

Belleza a raudales


Fecha: 17 de abril de 2010.
Lugar: Centro Cultural Miguel Delibes, Valladolid.
Contexto: Concierto número cuatro, dentro del Ciclo de Ópera y Grandes Voces del CCMD.
Programa: Sacrificium: La scuola dei castrati. Piezas de Nicola Porpora, Riccardo Broschi, Francesco Maria Veracini, Leonardo Vinci, Leonardo Leo, Francesco Araia, Carl Heinrich Graun, Alessandro Scarlatti, Antonio Caldara, y George Frideric Handel.
Intérpretes: Cecilia Bartoli & La Scintilla. Ada Pesch, concertino.


Belleza, emoción, maravilla, irrepetible, llanto, felicidad... Estos eran algunos de los apelativos que podían escucharse en el patio de butacas de la gigante sala sinfónica del CCMD vallisoletano, en el descanso y final del concierto que la inigualable mezzo romana, Cecilia Bartoli, tuve a bien interpretar dentro de su gira española, en la que presentaba su último registro discográfico -para el sello Decca-, dedicado a la figura de los cantores castrados en la Italia Barroca.
Es bien conocida, por todos los apasionados seguidores de la música barroca, la excelsa calidad de esta cantante, pero poder verla en directo siempre supone una experiencia especial e irrepetible, por todo lo que su figura despide.
Sobra decir que las casi 1800 plazas de la sala sinfónica -una de las más grandes de Europa, por cierto- estaban absolutamente repletas de público, un público de esos totalmente entragado a la "diva", respetuoso -salvo los "cenutrios" de siempre-, emocionado y deseoso de que el espectáculo no cesase por nada.

El programa -que adjunto en imágenes- fue realmente generoso y muy bello, seleccionando la totalidad de piezas aparecidas en el disco y alguna que otra más de lucimiento, a lo que sumar, también, fragmentos instrumentales intercalados entre las piezas vocales.
Para cualquiera que haya escuchado el disco, no es necesario señalar que en él hay de todo: desde arias meramente virtuosísticas, en las que Bartoli muestra todo su potencial técnico, hasta otras arias realmente expresivas, donde los tempi lentos son los elegidos, arias en las que poder mostar que no todo son fuegos de artificio en el canto de la mezzo. Destacar algunas de las piezas resulta realmente complejo, pero he de admitir que me quedé realmente sorprendido con la indescriptible belleza de algunas de las arias no aparecidas en el disco, como la de Graun, que destaca por la tersura de las cuerdas que se balancean en las partes más graves del pentagrama, y Chi non sente al mio dolore, de Broschi, un aria realmente emocionante, que nos muestra la más cruda agonía de un ser que lo ha perdido todo. Otro momento absolutamente magistral fue cuando nos ofreció, de segunda propina, el famoso Lascia la spina, cogli la rosa, de Handel. Posiblemente se trate de la mejor versión que haya escuchado nunca, con una dulzura y delicadeza pasmosas y un acompañamiento instrumental digno del nivel vocal exhibido. Además, el impresionante da capo, en el que no realizó ornamentación alguna, sino que lo hizo en pp, terminó de dejarme helado. Algo mágico.

Bartoli se mostró segura en todo momento, sonriente, feliz, expresiva, emocionada -no deja de sorprender la facilidad que tiene para interiorizar los papales que interpreta-, vibrante, etc. La línea de canto de la romana ya no supone un secreto para nadie. No es una voz grande, bien cierto es, pero no dejar de ser curioso y reivindicativo que la que es, posiblemente, la voz que se está "comiendo" buena parte el panorama musical hoy día, sea una de esas que algunos llaman "pequeñas". Puede que no tenga una proyección bestial -aunque no es cierto eso que algunos comentan de que a partir de la fila 10 se la deja de oir-, pero lo que hace esta dama no está al alcance de prácticamente nadie más que ella misma. Su facilidad para la coloratura, su increíble fiato, su expresividad vocal, sus apabullantes "pianos", sus tenuti fuera de lo común, su elegancia en el fraseo, la sorprendente precisión de sus staccati, la tremenda exigencia en cada nota que canta, esa solvencia técnica que la permite coger una nota en piano, aumentarla una octava y mantenerla ahí, con un sonido nítido pero casi inapreciable, y hacer con ella lo que quiere, manteniéndote en vilo; en fin, una pasmosa superioridad vocal, que no hace sino convertirla en la cantante mejor dotada técnicamente que yo haya escuchado. Pero no es sólo eso, pues uno puede pensar "vale, es muy buena, pero ¿consigue emocionar o es sólo una máquina de soltar notas a una velocidad vertiginosa?" Pues bien, no es que sólo sea capaz de interpretar, con la misma solvencia, arias de bravura de las más endiablada complicación, sino que también es capaz de regalarse momentos realmente mágicos, interpretando arias lentas, esas de hondura y calado expresivo, esas que hacen que te quedes pegado al asiento, pero además te desborda el verla meterse en el papel, sufrir los avatares del protagonista y terminar con los ojos vidriosos y necesitando tiempo para asimilar lo que acaba de expresar. Eso, queridos lectores/as, no está al alcance de casi nadie. Por todo ello, me parece una cantante superlativa, única, irrepetible y nacida para hacer lo que hace.
El acompañamiento orquestal corrió a cargo de la orquesta barroca suiza La Scintilla, una de esas formaciones de cámara que se extraen de otras orquestas convencionales -la de la Opernhaus de Zurich, en este caso- y que actúan sin un director fijo. En este caso, la mano maestra recayó sobre la violinista barroca estadounidense Ada Pesch, conocida figura del panorama internacional y perfecta conocedora del instrumento orquestal que tenía entre manos.
Empezaron algo fríos, intentando aclimatarse a la sala y las condiciones vocales de Bartoli, pero rápidamente comenzaron a ordenarse, y tras unos pequeños problemas de afinación con los violines barrocos segundos y algún que otro desajuste rítmico, La Scintilla empezó a mostrar porqué fueron elegidos para acompañar a la mezzo durante varios conciertos europeos. Los suizos no son Il Giardino Armonico, es decir, no cabe esperar desatados ritmos, ni vigorosas interpretaciones en las arias de bravura. La Scintilla es un conjunto más comedido en su manera de afrontar la agógica y dinámica de las piezas, sin embargo, se mostraron bastante enérgicos, bravos en las arias rápidas y realmente muy líricos en las lentas -donde obtuvieron sus mejores resultados- . Supieron en todo momento graduar su sonoridad y arropar en justa medida a Bartoli -quizá en exceso en ciertas ocasiones, donde apenas se les escuchaba-. Asumieron un papel secundario en las arias, mientras que exhibieron todas sus armas en las piezas puramente instrumentales. Cabe destacar su excelente interpretación en la Sinfonia de Scarlatti y la obertura de Porpora.
El nivel de los solistas, sobre todo los vientos, rozó la excelencia en muchos momentos. Mención especial merecen las flautas de pico y traversos barrocos, así como las trompas barrocas.
El sonido de las cuerdas resultó muy terso, elegante y refinado y el continuo muy apropiado y discreto en su justa medida -en ocasiones excesivamente discreto en el clave-.
Ada Pesch rindió a un gran nivel y consiguió llevar a sus compañeros por donde quiso, lo cual no deja de tener su mérito.

En definitiva, un espectáculo absolutamente memorable. Y lo fue porque no todos los días uno es capaz de sobrecogerse de esa manera en un acontecimiento musical. Bartoli tiene la magnífica cualidad de conseguir emocionar y abocar al llanto al público a su voluntad, lo cual también está al alcance de muy pocos. Conseguir que muchos nos quedemos con la Bartoli expresiva y emocionante de las arias lentas, en vez de la celebérrima Bartoli de la bravura, la más "comercial", si se quiere, no deja de decir mucho a su favor.
Un concierto inolvidable, muy visual, pero sobre todo cercano y bello, sublime por encima de todo. No quiero terminar sin rendirle el homenaje que se merece a tan increíble música. Estas obras, a pesar de su claro enfoque virtuosístico, no están, para nada, exentas de una superlativa calidad estructural y compositiva, además de contener en sus pentagramas momentos realmente tan bellos como puedan contener algunas de las páginas más recordadas de la historia.

Para terminar, me gustaría hacer referencia a la increíble calidad humana de Cecilia, sólo comparable a su calidad como cantante. Tras dos horas y media de concierto tuvo la amabilidad de salir a saludar a los múltiples seguidores que allí se encontraban esperándola. Regaló una hora y media de su tiempo a la gente, firmando autógrafos, haciéndose fotos y hablando largo y tendido con cada una de las personas allí congregadas, en un acto de simpatía como casi nunca he presenciado. Estuvo tan cercana, amable y adorable, que realmente uno se termina de dar cuenta de lo necesarias que son más personas como esta, que son capaces de emocionarte hasta el extremo y luego enjugarte las lágrimas que te ha provocado.



Francesco Araia (1709-1770): Aria Cadrò, ma qual si mira, de la ópera Berenice
Álbum: Sacrificium
Cecilia Bartoli & Il Giardino Armonico - Giovanni Antonini
Decca Classics 2010.


Antonio Caldara (1670-1736): Aria Quel buon pastor son io, de La morte d'Abel figura di quella del nostro Redentore
Álbum: Sacrificium
Cecilia Bartoli & Il Giardino Armonico - Giovanni Antonini
Decca Classics 2010.

2 comentarios:

Miriam dijo...

El concierto fue increíble. Cecilia ha sido la primera que me ha hecho soltar lágrimas en un concierto.
Fue un momento mágico que guardaré para siempre.

Orfeo dijo...

excelente post, mi querido Mario. Me puedo hacer una perfecta idea de lo que tan bien relatas, porque tengo la suerte de trabajar a diario con personalidades de la talla de la Bartoli y siempre se agradecen esos gestos humanos, dentro y fuera del escenario...

un gran saludo y un abrazo!