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jueves, 23 de octubre de 2014

«La teatralidad...» | Crítica para Doce Notas del último disco de Ímpetus Madrid Baroque Ensemble

La teatralidad del clave
El conjunto madrileño celebra el «Año Rameau» grabando las únicas piezas camerísticas puramente instrumentales del genio de Dijon, en una versión digna de elogio.

Pièces de clavecín en concerts. Música de Jean-Philippe Rameau. Ímpetus Madrid Baroque Ensemble | Yago Mahúgo. CMY, 1 CD [CD-0003013], 2014. T.T.: 74:44.


  Curiosamente, las Pièces de clavecin en concerts, publicadas en 1741 por Jean-Philippe Rameau [1683-1764] llegan en el gran período de silencio del compositor, sufrido entre 1739 y 1744. Si bien compuestas probablemente al final de la década de 1730, la misma en la que Rameau comienza a legar a la historia de la música occidental algunas de sus grandes óperas: Hippolyte et Aricie [1733], Les Indes galantes [1735], Castor et Pollux [1737], Les Fêtes d’Hébé y  Dardanus [1739], se aprecia en ellas mucho de sus experimentaciones armónicas e incluso del manejo de lo dramático en la música fuera de lo vocal. Rameau compone, pues, cinco concerts que se dividen en diversos movimientos, tanto piezas de carácter, como herencia de la suite francesa. En ellos, al añadir instrumentos acompañantes a un clave que va más allá de ser un instrumento que realiza el bajo continuo –sino que es aquí concertante–, se le considera casi como el creador de un estilo y género nuevos. Sería así de no ser por que unos años antes, otro francés, Jean-Joseph Cassanéa de Mondonville, compone sus Sonates pour le clavecin avec accompagnament de violon [1734], dando la vuelta así al modelo italiano de sonata para instrumento/s solista/s acompañado/s de un bajo. De este modo, el clave se convierte en un instrumento protagonista, igual o más importante que el instrumento melódico de marras. Aun así, el mismo Rameau comenta la posibilidad, en su breve prefacio, de que las piezas puedan interpretarse con clave solo, llegando incluso a aportar en el texto algunas indicaciones sobre cómo adaptar las piezas para ser interpretadas a solo por el clave, e incluso dejando escritas cuatro de las piezas en versiones para el instrumento solista. 

  De cualquier manera, lo que hace diferentes a estas piezas es la inclusión de otras dos líneas instrumentales, en este caso la primera línea para violín o traverso, y la segunda para viola da gamba o un segundo violín –que requiere una parte por separado para ser interpretada. De este modo, si bien las partes del violín y la flauta sí podrían ser interpretadas al unísono, la de la viola y el segundo violín no podría llevarse a efecto así, al menos no con la edición comercial de 1741.

  El carácter de las piezas no puede ser más teatral, ni en cierto modo más descriptivo de lo que llevan por título en algunos casos, lo que supone una auténtica marca de la casa en la manera de escribir del genio de Dijon. Así nos encontramos con títulos de lugares –Le Vézinet–, personas –Le Livri, La Laborde, La Boucon, La Lapoplinière, La Rameau o La Marais– y caracteres –L’Agaçante, La Timide, La Pantomime o L’Indiscrète. La capacidad de Rameau para plasmar en música lo que las palabras parecen sugerir es realmente exquisita. Pocos compositores tienen esa capacidad tan absolutamente evocadora. 

  Si bien esta es una de las piezas más transitadas por los intérpretes historicistas –y los que no lo son– a lo largo de las últimas cuatro décadas, es realmente complejo encontrar a intérpretes españoles enrolados en su interpretación. Quizá porque la música de Rameau es tremendamente idiomática, muy francesa, pero a la vez muy personal –hasta con una cierta influencia italiana por momentos–, convirtiéndola en una obra que requiere de un profundo conocimiento del lenguaje francés y del suyo propio para poder acometerla con garantías. Todos los grandes las han grabado –desde que a principios de la década de 1970 el trío Leonhardt-Fryden-Harnoncourt «abriera la veda»–, pero no había hasta ahora –creemos– un registro integral de estas piezas por intérpretes íntegramente españoles.

 Debemos regocijarnos, pues, porque esto supone un salto cualitativo de importancia para el panorama de la música antigua española, entre otras cosas, porque las lecturas que nos ofrecen los miembros de Ímpetus Madrid Baroque Ensemble son de primer nivel. Y es que si alguien conoce bien el lenguaje del clave francés en España actualmente, ese no es otro que Yago Mahúgo, quien debe gran parte de este profundo conocimiento a su período formativo junto a uno de los grandes especialistas del mismo, el francés Christophe Rousset –lo que ya demostró sobradamente con su lectura de la música para clave de Pacrace Royer. Desde mi punto, lo mejor que puede decirse de una grabación de música francesa, así como de Rameau, es que suena precisamente francés y particularmente a Rameau. Parece una «perogrullada», pero no lo es en absoluto. Y no solo es que Mahúgo conozca muy bien los entresijos del repertorio, sino que sabe plasmarlos a la perfección en su interpretación. El carácter que Rameau imprime a sus composiciones es leído con naturalidad y eficacia por el clavecinista madrileño. Se acompaña para la ocasión de Pablo Gutiérrez al violín, que ofrece una visión límpida y preciosista de su línea, apoyado en el elegante y terso sonido de su anónimo italiano c. 1700; además de Jordi Comellas a la viola da gamba, que aporta el toque de color y el carácter, así como el sustento armónico conveniente, que estas piezas requieren, con fantástico resultado. El trío se aúna con feliz resultado para crear una versión exquisita, sutil, pero imponente, que poco tiene que envidiar a algunas de las grandes lecturas que la historia de la fonografía nos ha ido legando. Se completa el disco, además, con las piezas que el propio Rameau adaptó para clave solo, permitiendo así comprobar lo increíble de su visión tanto para el instrumento solista, como el conjunto de cámara, en un ejercicio maravilloso que no muchas de las grabaciones existentes suele proponer al oyente –por increíble que parezca. 

  Un tanto más para Mahúgo en su transitar por el barroco francés, y para su propio sello, CMY Baroque, que presenta aquí un diseño elegante y de calidad para redondear un disco de esencia francesa, pero a la española.

Publicado en Doce Notas el 11-IX-2014.

jueves, 20 de marzo de 2014

La elocuencia... [crítica, para Codalario, del disco que Mahúgo dedica al clave de Royer]

La elocuencia del clavecin 
El clavecinista español acomete la integral para el instrumento de uno de los grandes desarrolladores del mismo en la Francia del XVIII. 

Complete Music for Harpsichord. Obras de Pancrace Royer. Yago Mahúgo. Brilliant Classics, 1 CD [94479], 2013. T.T.: 61:57.


  Joseph-Nicolas-Pancrace Royer [c. 1705-1755] es considerado en nuestros días como uno de los grandes maestros que ayudaron a desarrollar la escritura clavecinística en el barroco francés. Y lo es, curiosamente, con una producción para dicho instrumento realmente breve. Tan solo se conservan de él estas 14 piezas incluidas en su Premier Livre de Pièces pour Clavecin, publicadas en 1746, así como una pieza suelta, adaptación de un fragmento de su ópera Zaïde [acto II], que lleva por título La Chasse de Zaïde –otras piezas también son adaptaciones de esta ópera, así como de su otro ballet Le pouvoir de l' amour. Personaje de formación y oficios varios, destacó como compositor, clavecinista y organista, pero también como administrador, además de obtener importantes cargos musicales, como Maître de Musique en la ópera de Paris [1730-1733; regresaría en 1753 como inspector general]. Destacó también por ayudar al desarrollo del Concert Spirituel, en los que trabajó para cambiar y mejorar su administración, normas y repertorios –gracias a él hubo algunas obras obtuvieron un prestigio elevado, como su revisión del Requiem, de Jean Gilles, el motete In Convertendo, de Jean-Philippe Rameau o la primeras versiones francesas del Stabat Mater, de Giovanni Battista Pergolesi. Fue un destacado compositor de óperas, tratando diversos géneros: ballet, tragédie –se acaba de editar en el sello Alpha una versión de su Phyrrus–, pastorale… 

  Y sin embargo, realmente su fama –relativa, por supuesto– en la historia se debe a estas quince piezas para el teclado. Algo muy bueno tiene que haber en ellas. Y, en efecto, encontramos una calidad realmente elevada en la escritura clavecinística de Royer. Esta suele transitar por los caminos que la danza –género tan francés– le permite, generando a partir de esta piezas de un marcado carácter enérgico, en el que se potencian los contrastes rítmicos y dinámicos. Algunos piezas son de puro furor –escúchense el Rondeau Le Vertigo o La Marche des Scythes–, mientras que en otras se puede apreciar esa elegante dulzura sugerida que tan bien saben crear los franceses –maravilloso el Rondeau de La Zaïde. En su escritura se nota una evolución, más alejada ya de lo que pudo hacer François Couperin en sus cuatro libros para clave, y relativamente cercana a lo que, por su parte, realizase Jean-Philippe Rameau en sus libros para el instrumento, con un manejo más rico de las sonoridades y lo rítmico, de los registros del clave y sobre todo un desarrollo mucho más imaginativo y arriesgado de la armonía. El dominio de la ornamentación, muchas veces en aras del virtuosismo puro, resulta apabullante.

  Con estos antecedentes se presenta ante nosotros Yago Mahúgo, cuyo nombre no les sonará muy francés. Se trata, sí, de un intérprete español, que comenzó su carrera como pianista –lo lógico hasta hace no demasiado tiempo–, pero posteriormente se decantaría por los instrumentos históricos, formándose, nada menos, que con Robert Hill o Christophe Rousset. Muchos tenemos en la cabeza aquella integral que este último grabase para L’Oiseau-Lyre, siendo aún un joven prometedor, e incluso aquella que William Christie registrase para Harmonia Mundi. Pues bien, hete aquí que la versión de Mahúgo realmente no se queda atrás en lo excelso de sus interpretaciones. Es Mahúgo un intérprete realmente solvente en lo técnico –sobrepasar con audacia los escollos que Royer saltea en sus partituras así lo requiere. Sin embargo, lo que más destaca en sus lecturas es su capacidad para asumir el estilo francés tan marcado y característico que esta música contiene, y que siempre ha hecho a los franceses como los mejores para saber llegar a su esencia. Se nota que el clavecinista español ha pasado y reflexionado mucho tiempo con su maestro Rousset sobre esta música. La obra de Royer cobra todo su significado en sus manos, lo cual es decir mucho.

  Brilliant Classics sigue por la camino de la excelencia. Ya sabemos que nos encontraremos diseños de lujo ni aditamentos que otros se pueden permitir, pero encontrar una música de este calibre a un precio así sigue siendo algo absolutamente imposible de dejar pasar. No se lo hagan, pues, porque querrán escucharlo una y otra vez. Gracias, pues, a Royer, Mahúgo y Brilliant por hacernos ver, de nuevo y para aquellos que aún tienen esa creencia, que la música para clave no es un conjunto de fragmentos aburridos conectados en la búsqueda de una sonoridad arcaica y singular. Nada más lejos. Aquí un extraordinario ejemplo de ello.


Publicado en Codalario el 25-II-2014.