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lunes, 29 de junio de 2015

«Herreweghe se...» | Crítica, para Codalario, del disco del Collegium Vocale Gent cvon música de William Byrd

Herreweghe se pone británico
El director belga nos trae un espectacular registro dedicado a la figura de William Byrd, uno de los mayores talentos de la Europa del XVI, en una visión novedosa y exquisita que nos demuestra que estamos probablemente ante el mejor coro del mundo.

Infelix ego. Música de William Byrd, Alfonso Ferrabosco y Philippe de Monte. Collegium Vocale Gent | Philippe Herreweghe. Phi, 1 CD [LPH 014], 2015. T.T.: 49:49.


   Está bien, lo confieso: me apasionan el Collegium Vocale Gent y Philippe Herreweghe. Por eso, cada nuevo disco en el que se aproximan a la polifonía del Renacimiento supone para mí todo un acontecimiento –ya lo es cuando lo hacen con Bach y el Barroco, por supuesto–. Y qué lástima que no lo hagan más a menudo. Su última incursión fue ese descomunal doble álbum dedicado a los Responsorios de Semana Santa de Carlo Gesualdo. Pero hay algo que convierte, más si cabe, a este disco en un evento de suma importancia: supone el primer acercamiento discográfico del conjunto a la figura del británico William Byrd [c. 1540-1623], que es sin duda uno de los compositores más geniales en la historia de la música europea del siglo XVI, y que si me preguntan, considero desde luego como el mejor compositor británico de la historia, así, sin ambages.

   Compositor de interesante vida, supo mantener una curiosa relación con la reina Elizabeth I, siendo él un probado y devoto católico, además de recusante del protestantismo imperante en la época, pero que merced a su talento musical y el gusto que por su obra tenía la reina caminó por la cuerda floja durante toda su vida sin caerse. Auténtico acróbata vital, Byrd vertió todos los sentimientos de desasosiego, agobio y desconsuela espiritual por lo que le tocó vivir en un corpus compositivo de auténtico genio, en la que los géneros más desarrollados fueron los motetes y la misa latina –con todo lo que ello conllevaba–.

   Precisamente una de las tres misas que compuso, su Mass for five voices, se graba aquí como pieza central. Sin duda, estas misas católicas fueron una de las grandes aportaciones de Byrd a la música del período, compuestas a tres, cuatro y cinco partes respectivamente, las cuáles pueden fecharse entre 1593 y 1595. No es posible comprender el porqué de la atención de Byrd hacia el ordinario de la misa sin observar el contexto en que fueron creadas. Es precisamente gracias a esa relación con John Petre, quien tenía su residencia en Essex muy cerca de la de Byrd, que estas misas pudieron ver la luz formando parte de las celebraciones secretas en residencias de este tipo, en las que recusantes de cierto nivel se reunían para realizar oficios católicos y en los que es muy posible se interpretasen estas misas, cuyas partes altas podían ser cantadas incluso por mujeres. Las misas carecen de nombre en su edición original, sin embargo, el nombre de William Byrd aparece en todas y cada una de las páginas, una auténtica osadía si consideramos la situación en la que se encontraba. Pero es que, además, en Inglaterra no se componía una misa desde la década de 1550, cuando Tallis escribió sus tres misas. Reinventó el estilo, comenzando por componer sobre el Kyrie, cuando tradicionalmente no se hacía en Inglaterra. Además se inspiró claramente en la música del continente, aunque las frases son menos angulosas que las que encontramos en Europa, con muchos saltos amplios e intervalos de séptima e intervalos mayores; además, el texto realmente no es fundamental en la estructura de la pieza –excepción hecha del pasaje del Credo: et unam sanctam Catholicam et Apostolicam Ecclesiam–. Aun así, encontramos referencias a las misas inglesas de la primera mitad del XVI, sobre todo con inspiración en John Taverner, aunque realmente Byrd desarrolla una escritura sencilla, en la que las frases se alejan de aquellos desarrollos inmensos de sus colegas de anteriores generaciones, utilizando este un material más sencillo y «clásico», en el que se evita la expresividad explícita. A pesar de su relativa sencillez encontramos en ellas algunos momentos gloriosos. Esta misa a cinco partes guarda algunos de los pasajes más impresionante en la producción de sus misas, como su magnífica musicalización sobre et venturi sæculi. Amen en el Credo, o el hermosísimo y subyugante comienzo del subsiguiente Sanctus, por poner únicamente un par de ejemplos, pues toda la misa es un auténtico dechado de la capacidad inmensa de Byrd para la creación polifónica que conquista el interior más sombrío del oyente.

   La otra gran obra en la que se centra la grabación es el motete Infelix ego a 5, compuesto por Byrd en 1591. Monumental motete tripartito, se trata sin duda de una de las piezas más impresionantes dentro de su género en la Europa del Renacimiento. Compuesto sobre una meditación escrita por Girolamo Savonarola sobre el Salmo 50, Byrd pone en música de manera fascinante las numerosas declaraciones retóricas y las cuestiones que el texto hace suyas, mostrando toda la gama de emociones posibles para un alama atormentada –como bien se aclara en las notas críticas del disco–.

   Se completa el disco con una serie de motetes del propio Byrd, así como de otros compositores. Abre el disco Emendemus in melius a 5, primera de las obras presentadas por Byrd en las Cantiones Sacræ de 1575, colección de 34 motetes de Byrd y Thomas Tallis, que supuso la primera colección musical impresa en Inglaterra, que supone además el comienzo el primer monopolio editorial en la historia de la música británica para ambos autores, concedido por la reina. También se graban su precioso, delicado y cas ingenuo Ave Maria a 5, así como su Christe qui lux es et dies a 5, la pieza más temprana de las aquí se graban, con una escritura muy homofónica y un estilo que algo más arcaico que puede recordarnos a las piezas escritas sobre el mismo texto por Robert White [c. 1538-1574].

   Acuden a la cita con Byrd dos autores que siempre se han relacionado de manera directa con él. Alfonso Ferrabosco [1543-1588] –primero de los dos Alfonso Ferrabosco compositores–, maestro italiano que se trasladó a la corte inglesa para servir a Elizabeth I entre 1562 y 1578, donde con total seguridad conoció a Byrd. De él se graba su Peccantem me quotidie a 5, motete luctuoso de refinada escritura y densidad contrapuntística, que delatan a un compositor bien dotado para la expresividad. El segundo de los compositores invitados es Philippe de Monte [1521-1603], compositor franco-flamenco que formó parte de la Capilla Real de Felipe II, con la que viajó en 1554 a Inglaterra para las nupcias del monarca con Mary I, y aunque no se tienen datos fehacientes de que hubiera un encuentro entre ambos en aquel momento –Byrd tenía 14 años–, sí que es sabido el posterior contacto entre ellos, al menos cuando de Monte envía a Byrd una partitura con su motete Super flumina Babylonis a 8 en 1583, ante lo que Byrd corresponde con el envío de un motete a 8 sobre el texto Quomodo cantabimus. Aquí se registra su Miserere mei a 5 –que se encuentra dentro de su Sacrarum Cantionum… liber secundus, de 1573–, y que supone un maravilloso ejemplo de la capacidad de este maestro para combinar estilos variopintos en su escritura, aunque se contiene una gran carga de la densa y emotiva polifonía franco-flamenca de la que era absoluto deudor.

   La versión que nos presentan los cantores del Collegium Vocale Gent resulta absolutamente fascinante. Se trata de una lectura que aúna lo mejor de los dos mundos más dotados para la interpretación de polifonía renacentista: el inglés y el noreuropeo [belga-holandés, cabría decir]. Así, se conjuga a cantores de ambas «escuelas», que no son sino maneras de concebir este repertorio –especialmente en cuanto al carácter aplicado a las interpretaciones y la sonoridad conseguida, más etérea en el caso de los ingleses y más terrenal en el caso de los noreuropeos–, pero con igual cuidado por la sonoridad hermosa, la afinación perfecta y el equilibrio más pulcro. Así, contando con el concurso de 12 –3 sopranos, 2 contratenores, 4 tenores y 3 bajos–, se consigue una emulsión maravillosa. Se aleja un tanto de la visión más celestial, que persigue por la expresión y la belleza por las vías  del sonido y perfección técnica de los británicos. Aquí encontramos, sin embargo, más atención y cuidado puesto en el texto, en la retórica. Acostumbrados a tratar con Johann Sebastian Bach y otros autores barrocos alemanes, los cantores del Collegium Vocale Gent llevan casi en su ADN la comprensión de la música unida al texto. Desde luego, si para la polifonía del Renacimiento esto es básico, lo es aún más para la producción de Byrd, en la que como decimos, existe una carga notoria de la expresión de sus sentimientos y acontecimientos vitales volcados en su música sacra latina.

   Esto no sería posible si no estuviera al frente de todo ellos una personalidad como la de Philippe Herreweghe. El maestro belga, alguien del que se puede decir que es director de directores, maestro de maestros, logra una excelencia interpretativa fuera de toda duda. La elección de los tempi es calmada, pero sin detenerse en exceso en las cadencias ni dar un desmesurado espacio para los ritardandi, consiguiendo así aportar el carácter preciso que cada pieza requiere. Herreweghe es sin duda un director de ensayo, de grabaciones, de los de trabajo de fondo. Quizá su gesto no dice mucho, incluso puede resultar confuso. Es entonces cuando uno comprende que su grandeza está en todo el trabajo previo a un concierto en vivo o el registro final de un registro discográfico. Su inmensidad está en la comprensión de la música, en la visualización que de ella tiene en su cabeza y en la manera en que consigue hacerla llegar a sus cantores. La elección de un cantor por parte para el Infelix ego si bien no me parece un acierto, pues se trata de música de gran densidad, que si bien es cierto requiere de extrema limpidez en la elaboración de las cinco líneas, no lo es menos que la expresividad y la densidad de su textura resulta a veces demasiado raquítica con un solo cantor por parte, a pesar de que estamos ante una lectura de primer nivel. Esta es la única mácula que puede ponerse a un disco de una calidad superlativa, que nos muestra un Byrd de exquisita sonoridad y de una carga retórica hasta ahora pocas veces escuchado.

   El álbum, decimoquinto en el cada vez más profuso catálogo del sello Phi –que él mismo Herreweghe fundara en 2010–, cuenta con la toma de sonido, edición, masterización y producción de Thomas Neubronner, de Tritonus, especialista de probada calidad en el campo de la música antigua, que si bien en esta ocasión deja introducirse algunos sonidos que resultan molestos, si bien el balance y el trabajo sonoro por lo demás resulta fantástico. Se completa con unas excelsas notas críticas firmadas por Andrew Carwood, uno de los mayores especialistas en el mundo de la obra de Byrd, no en vano, como cantor y director del conjunto The Cardinall’s Musick ha llevado a cabo una grabación integral de su obra que aún sigue en curso y que lleva la nada desdeñable cifra de 14 volúmenes editados.

   Me volveré a mojar, si para mí Byrd es el mejor compositor británico de la historia –Händel no es británico, se siente–, el Collegium Vocale Gent en el mejor coro del mundo, entendiendo como tal a aquel que consigue un mayor nivel en prácticamente todos los repertorios posibles, desde el Renacimiento hasta el siglo XX. Desde este manera de verlo y a mí entender, no tiene rival. No se pierdan, pues, este disco, pues encontrarán belleza a raudales y si conocen bien la música de Byrd, hallarán en él una visión hasta ahora desconocida, que por otro parte, le sienta como un guante.



Publicado en Codalario el 21-IV-2015.

sábado, 15 de diciembre de 2012

The Choir Project al día [15-XII-2012]

Philippe de Monte [1521-1603]: Missa Ultimi miei sospiri a 6.
Cinquecento [Renaissance Vokal].
Mass about Madrigal, sacred about secular...


    For Stephen Rice
"Philippe de Monte was one of the most extraordinarily prolific composers of the Renaissance, perhaps of all time. Certainly in the madrigal genre he outstripped all competition, with no fewer than thirty-four books published between 1554 and his death in 1603, containing over a thousand individual pieces. While his sacred output is less voluminous, it is nonetheless impressive, with thirty-eight Mass settings, approximately 250 motets, and 144 madrigali spirituali.

    Born in 1521, Monte appears to have been a choirboy at the church of St Rombout in Mechelen. He worked in Italy for several periods, including a spell as music tutor to the Pinelli banking family in Naples. In the 1550s he was associated with the chapel of Philip II of Spain, visiting England in that capacity for the wedding of Philip to Mary Tudor; his meeting with William Byrd on that occasion probably led to an exchange of eight-part motets between the two composers in which they bemoaned the fate of Catholics in England (Monte: Super flumina Babylonis; Byrd: Quomodo cantabimus). But it is for his thirty-five-year tenure of the post of Kapellmeister at the Austrian Habsburg court that Monte is best known. Employed by Emperor Maximilian II in 1567, he remained in Habsburg service for the rest of his life, despite a change of emperor (Rudolf II ascended the throne in 1576) and his own requests from 1578 onwards for permission to retire. His work is described in Grove’s Dictionary as ‘unfold[ing] in unhurried, sometimes quite melismatic lines, [with] little evidence of post-Tridentine concerns about textual clarity’. As will become apparent from this recording, such a broad statement covers considerable variety in techniques and in atmosphere.

    The madrigal Ultimi miei sospiri by Philippe Verdelot is among the finest and best-known secular pieces of the earlier part of the sixteenth century. As one of the early pioneers of the madrigal, Verdelot was also among the first to compose examples of the genre for as many as six parts, a texture which offers significant opportunities for contrast between high and low groups of voices, or other combinations. Such techniques form a major part of the text-setting strategy of this generation of madrigalists, with the text-obscuring properties of imitative counterpoint offset by the chance to re-hear the same words sung by another group of voices. Although madrigals of the 1520s do not approach the levels of chromaticism seen later in the century, the idiom is nonetheless highly expressive, due to these composers’ command of textual accent (impressively, since the majority of them, including Verdelot, were not native Italian speakers), and of tessitura. An instance of the latter is found in Ultimi miei sospiri at ‘Dite, o beltà infinita’ (‘Speak, O infinite beauty’) where the change of voice from narrative to interlocution is marked with a new entry on the highest pitch yet heard. Verdelot’s artistry is again observable towards the end of the piece where the long notes of ‘Tornat’in me’ (‘return to me’) appear to be guiding the music towards a peaceful ending, but a final effort at energetic movement is made on ‘ch’io non vorrò morire’, as the narrator rages against the dying of the light.

    Such recognizable musical characteristics made Verdelot’s madrigals (and indeed motets) eminently suitable models for the imitation Mass genre that dominated the later sixteenth century. As formulated by the theorist Pietro Cerone, writing in 1613, the essence of this technique is to transplant sections of polyphony into crucial moments of one’s Mass setting, more or less in the order that they appear in the model. This represents only part of the spectrum of borrowing techniques used in the century preceding Cerone’s remark: thematic transformation, juxtaposition of polyphonic sections in quite different ways, recomposition of imitative counterpoint, all found their place in the sixteenth-century imitation Mass. Monte’s technique in his Missa Ultimi miei sospiri does however resemble that described by the theorist: each Mass movement begins with a version of the madrigal’s opening, albeit slightly varied. Elsewhere he is relatively sparing in the use of borrowed material: examples include Domine Deus (‘Lord God’) in the Gloria, which adapts ‘Dal tuo fedel’’ (‘that your faithful one’) from the madrigal, and per quem omnia facta sunt (‘through him all things were made’) in the Credo, taking the phrase ‘Gitene ratt’in ciel’’ (‘go swiftly to heaven’). This latter phrase is also recast in triple time to form the basis of the Osanna.

    In common with many of his contemporaries, Monte divides his Mass movements into formal subsections. The Et incarnatus section of the Credo is one example: here the solemnity of the words is underlined by a full, slow chordal texture, followed by a brief upper-voice section for the Crucifixus. Another division separates the Christological section of the Credo with that dealing with the Holy Spirit and the Church: the latter is notable for its syncopated figures, a compositional device that adds to the vigour of this largely joyful final section. It also injects a certain madrigalian feeling to the movement, though such syncopation is in fact absent from Verdelot’s model."

    In my opinion, this a fantastis Mass satting about a italian Madrigal. I think the style of Monte and Verdelot is relatively distant, but I think the work he does in this Mass is very careful with the original Madrigal.
The performance is woderfull: crystalline, wonderful pitch, fantastic sound, good balance, really expressive... to complete an album that is essential for all Renaissance polyphony fans.

sábado, 11 de agosto de 2012

The Choir Project al día [11-VIII-2012]

William Byrd (1540-1623): Quomodo cantabimus a 8 / Piilippe de Monte (1521-1603): Super flumina Babylonis a 8.
The Cardinall's Musick - Andrew Carwood (David Skinner) / The Sixteen - Harry Christophers.
Two minds, two motets, two forms, two ideas... but only one thing: music.

   In words of David Skinner:
Philippe de Monte, a Flemish composer who spent much of his early life in ltaly. came to England in 1554 when he served in the houseband chapel choir of Prince of Spain (later to boecome Philip II), husband of Mary Tudor. On Christmas Day of that year a geat festal Mass was celebrated in St. Paul's Cathedral with musicians from Philip's Capilla FLamenca and Mary's Chapel Royal, and it is thought that this was one of the earliest occasions when Philippe de Monte, then 33, met the young Wiiliam Byrd. While it was reponed that de Monte was unhappy in England (he len in 1555). he seems to have maintained same son of contact with William Byrd well into the 1580s when the two composers are known to have exchanged compositions.

   Lbl, Add. Ms 23624, is a collection of motets asembled by the 18th-century musical antiquarian John Aicock, from a set of partbooks of which only two have survived (Ob, Tenbury MS 389 and the Jarnes Ms). Alcock also cooped certain glosses from the some of the now lost books which tell the story. The following appears before de Monte's Super flumlna Babylonls: 'This Piece of Musick was compose'd by Sig': Phillipo de Monte, master of ye Children of ye Emperor Maximillan the 2ds Chapel, & sent by
him, to Mr: Bird - 1583', while at the head of Byrd's Quomodo cantablmus are the words 'This Piece, was made by Mr: Wm: Byrd, to send unto Mr: Phiilip de Monte, 1584'.
   De Monte set the four verses of Psalm 136, while Bvrd set verses four to seven. Super flumina Babylonis, aeemingly harmless biblical text, was a notorius psalms of captivity to the recusant community of Elizabethan England. De Monte pointedly rearranged the verses in order to drive home a political statement to Byrd: 'How shall we [ie. you, the English] sing the Lord song in a strange land?' De Monte suggestion could be construed as a request to Byrd not to waste his talents in a fettered country, but escape to a more religiously tolerant society. In this context 'We hanged our harps upon the willows in the midst thereof' seems more to be a suggestion on noncompliance than any call of defeat. Byrd's reply begins with a three-part canon (one of the parts by inversion) within the eight-part texture. His polyphony is dense and structurally sound, as if to show de Monte that his faith still stands strong: 'Remember the children of Edom in the day of Jerusalem', says the psalmist. At the destruction of Jerusalem (587 BC), the neighbouring nation of the Edomites joined forces with the besieging army. The prophets denounce them far more bitterly than they denounce the Chaldean invaders. How did Byrd sing the Lord's song in a strange land? With cunning, artfulness and ingenuity.

   For me the performances of these piece are really different: The Cardinall's Musick opt for a more intimate in sound, but more dramatically in the realization, however, The Sixteen perform de Montes' motet with more choral sound but a more relaxed and calm reading.
In two cases, the music is really good and the performance is too fantastic. Franco-flemish-English connection.