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sábado, 30 de mayo de 2015

«Inagotable el genio...» | Crítica, para Codalario, del rescate de ópera rameauniana a cargo de Niquet

Inagotable el genio de Dijon
Glossa obtiene nuestro Sello de Calidad Codalario por esta impresionante recuperación patrimonial de primer nivel, que rescata del olvido una extraordinaria ópera en el Année Rameau y que pone de manifiesto la inmensa talla del autor francés, de la mano de un plantel de solistas de que aúna experiencia y talento, junto a uno de los conjuntos y directores franceses más capacitados para su música.

Les Fêtes de l’Hymen et de l’Amour. Música de Jean-Philippe Rameau. Chantal Santon-Jeffery, Carolyn Sampson, Blandine Staskiewicz, Jennifer Borghi, Mathias Vidal, Reinoud Van Mechelen, Tassis Christoyannis, Alain Buet • Le Concert Spirituel | Hervé Niquet. Glossa, 2 CD | Libro-disco edición deluxe [GES 921629-F], 2014. T.T.: 114:24.


   Todavía se dejan sentir los ecos de la efeméride «rameauniana» que tuvo al 2014 como auspicio de multitud de eventos musicales de primer orden, especialmente en el terreno de los conciertos y las grabaciones discográficas, y que todavía se dejará notar con fuerza en este 2015 –se estrenó el año con una grabación de Les Fêtes de Polymnie, y están por venir nuevas grabaciones de Le Temple de la Gloire, Zaïs y Castor et Pollux en su versión de 1754–. Este que presentamos es uno de los últimos discos aparecidos en aquel aparentemente ya lejano 2014. La importancia del mismo solo puede comprenderse desde el punto de vista de lo que supone grabar por primera vez una obra que lleva sin interpretarse desde el siglo XVIII, pues contó con considerable éxito –gozó de 150 representaciones a lo largo de unos treinta años que se mantuvo en cartel–, pero sobrepasado 1776 no se volvió a interpretar hasta el 2014.

   Esta Les Fêtes de l’Hymen et de l’Amour ou Les Dieux d’Egypte fue concebida por Jean-Philippe Rameau [1683-1764] como una opera ballet-heroïque –uno de tantos subgéneros para la escena de la fecunda ópera barroca francesa– en tres actos y un prólogo, para quien contó como libretista con Louis de Cahusac, aquel con quien más colaboró en su carrera. Creada en el año de 1747, constaba en primera instancia de tres entrées: Osiris ou les Amazones, Canope y Arueris ou les Isies, que aparecieron bajo el título genérico de Les Dieux d’Egypte, la cual previsiblemente se iba a estrenar en la Académie Royale de Musique. No obstante, las circunstancias del momento, con las inminentes nupcias entre el Delfín de Francia con Maria Josepha Karolina Eleonore Franziska Xaveria von Sachsen –la hija de Friedrich August II, Elector de Sachsen–, hicieron que el destino de la obra cambiase, añadiendo para la ocasión un prologue y se cambió el nombre inicial por el de Les Fêtes de l’Hymen et de l’Amour ou Les Dieux d’Egypte, estrenándose en la escena de la arena de la Grande Écurie de Versailles el 15 de marzo de 1747.

   El resultado definitivo se concibe para ocho sopranos [dessus], cinco tenores agudos [haute-contre], un tenor grave [taille] y tres bajos [basse], y se estrena de manera oficial en el mundo operístico en la Académie Royale de Musique [Paris] el 25 de noviembre de 1748 –no sin la inestimable colaboración de la Marquesa de Pompadour–. Cahusac estructura la obra en torno al tema egipcio inicial, pero dando relevancia al triunfo amoroso que sostiene la causa para la que fue modificado. Es capaz de aportar una serie de elementos que hacen de este ballet una muestra pionera en el mundo de la escena francesa del momento, pues Cahusac no se detiene en lo habitual, sino que se transita por el terreno de la experimentación en el tratamiento de la danza, los coros o el uso de la maquinaria. Especialmente interesante resulta la manera en que se introduce la danza en un libreto repleto de didascalias –indicaciones al margen– que presentan los fragmentos danzados –denominados por él como ballets figurés–, que no solo aportan colorido escénico, sino que se integra magníficamente y ayudan al desarrollo de la acción.

   En lo musical también se trata de una obra de magnitudes de genialidad, pues estamos ante una partitura de una calidad superlativa, repleta de fragmentos vocales rebosantes de gracia, elegancia, de una exquisita mezcla entre la ligereza italianizante y el elocuente sabor francés. Rameau es capaz aquí de crear un genial sfumato en la línea que divide el aria y el recitativo, creando un discurso sonoro realmente fluido, un continuum dramático y musical que da muestras de su genialidad. Los números de conjunto son otra de las grandes aportaciones a la escena aquí, con un desarrollo importante de los dúos [4], cuarteto [1], quinteto [1] e incluso un sexteto –que supone el único caso en todo el corpus operístico de Rameau–. Los coros son de lo mejor de la obra, concebidos dentro del habitual estilo y genialidad en que Rameau los concibe –no obstante es el gran maestro del coro operístico en la historia de la ópera francesa–, se convierten –por gracia de Cahusac– en un elemento protagonista de la acción, comentando la acción con una fascinante coherencia dramático-musical. Todo ello se adereza con una serie de fragmentos instrumentales que aportan colorido, brillantez y densidad orquestal a la pieza, comenzando por la ouverture, que rebosa luminosidad y en la que se aprecia gran carga del elemento rítmico y en la que se nos muestra con claridad cuáles serán los parámetros por lo que Rameau hará transitar a la plantilla orquestal durante la obra: delicadeza y tersura en la cuerda, diafanidad y dulzura en las maderas, y contundencia y liderazgo en el continuo.

   Por todo lo señalado hasta el momento estábamos, ante la ausencia de representaciones y una grabación en la actualidad, ante un verdadero crimen artístico. Parece incomprensible que hasta el 2014, y agradezcamos el auspicio de los fastos por la efeméride «rameauniana» –que de no haber sido así quién sabe hasta cuándo tendríamos que haber esperado–, no existiese grabación alguna de esta magna obra. Puede que no estemos ante una obra de la intensidad y genialidad dramática de Castor et Pollux o Hippolyte et Aricie, ni ante la fascinante comicidad de Platée, o ante el tratamiento innovador y tremendamente psicológico de Les Boréades, pero sin duda esta Les Fêtes de l’Hymen et de l’Amour es una obra que muestra sin ambages la maestría y el talento para la escena de un Rameau ya muy maduro.

   Afortunadamente, como decimos, el Année Rameau ha servido para rescatar del ostracismo las pocas obras que aún quedaban sin grabar de su catálogo. Esta obra en concreto sirvió como apertura oficial de la efeméride, cuando gracias a una producción del Centre de musique baroque de Versailles se llevaron a cabo una serie de representaciones de la misma en la Opera Royal du Château de Versailles en febrero de 2014 –puede verse una de las representaciones íntegra en el vídeo propuesto al final de estas líneas–. Los encargados de trasladarla a la escena fueron una serie de cantantes de gran nivel, cuya elección suponía una interesante mixtura entre conocimiento y talento, entre juventud y experiencia, cuyo resultado es absolutamente espléndido.

   Es necesario destacar que todos los cantantes multiplican sus roles para cubrir el amplísimo espectro propuesto por Rameau en la obra y que hoy día hace casi imposible plantearse con un cantante para cada uno de ellos. Por un lado, las cantantes femeninas lucen espléndidas sin excepción. Excelsa resulta la dupla de sopranos compuesta por Chantal Santon-Jeffery y Carolyn Sampson, de brillante registro agudo, expresividad y adaptación fantástica a los personajes y gran conocimiento de la vocalidad del barroco francés. La también soprano Jennifer Borghi y la mezzosoprano Blandine Staskiewicz adoptan los roles compuestos para bas-dessus –soprano de registro menos agudo–, cumpliendo de manera notable, aunque quizá un punto por debajo de las dos anteriores –a veces algo tirantes en la zona superior y con un vibrato algo desmesurado en ciertos pasajes–. Por su parte, el cuarteto masculino se divide los nueve papeles de la ópera, brillando especialmente los dos haute-contre: Mathias Vidal y Reinoud Van Mechelen –actualmente dos de los cantantes más requeridos para este repertorio–, que solventan con relativa facilidad y naturalidad las siempre exigentes y técnicamente complejas escrituras para los tenores agudos. Vidal es un tenor más natural –aunque sufre a veces en las partes más exigentes del agudo y su registro medio tiende a veces a una sonoridad algo entubada–, mientras que Mechelen posee un timbre más redondo, aunque a veces tiende a obscurecer en exceso. Los roles graves quedan de parte de los barítonos Tassis Christoyannis y Alain Buet, que cumplen bien con sus no demasiado largos y exigentes roles. Destaca la fluidez en la línea de canto del griego, contenido y convincente en lo dramático, mientras que el francés es un cantante de mayor peso vocal, que viene bien en este caso para su rol de Le Grand-Pêtre, aunque a veces resulta demasiado pesante.

   El apartado coral resulta realmente fabuloso en las voces del Choeur de Le Concert Spirituel, que cuenta para la ocasión con 25 excelentes voces que muestran su sobrado conocimiento y perfecta adecuación al terreno del barroco francés, donde se presentan como uno de los grandes especialistas a nivel mundial. Fantástica sonoridad y carácter en una escritura coral compleja en lo técnico y lo dramático.

   En cuanto a los instrumentistas de Le Concert Spirituel, poco se puede decir a estas alturas que no se sepa ya de quienes son una de las mejores orquestas barrocas del mundo en cuanto a la interpretación del repertorio del Grand Siècle se refiere. Se cuenta aquí con la formación de gala, con una cuerda contundente [violines barrocos primeros y segundos con 5/5; 3 hautes-contres de violon; 3 tailles de violon; 4 violonchelos barrocos; y 2 contrabajos barrocos], que resulta de una sonoridad depuradísima, con un empaste, un dominio de la sonoridad conjunta y un feedback sobresalientes, comandados con sapiencia por la gran Alice Piérot. Mención especial merecen las maderas, por lo imprescindible de su papel aquí y por lo que bien que lo cumplen. Cuatro traversos barrocos –que lidera el talentoso Alexis Kossenko–, cuatro oboes barrocos –Héloïse Gaillard al frente– y cuatro fagotes barrocos –¡qué fascinante es siempre la escritura de Rameau para este instrumento!–, son los encargados de aportar el toque de elegancia y dulzura tan evocadores y subyugantes a los que el de Dijon nos tiene acostumbrados. Exquisito, por lo demás el aporte del continuo con Tormon Dalen al chelo barroco, los graves poderosos de Luc Devanne y Marie-Amélie Clément y el fantástico desarrollo en el clave de Élisabeth Geiger y François Saint-Yves.

   Al frente de esta masa sonora está alguien como Hervé Niquet, uno de los grandes cuando se trata de llevar a buen puerto obras de Charpentier, Lully, Desmarest, Boismortier, Campra, Marais o el propio Rameau. Firme al mando, aúna a la perfección la contundencia sonora con la expresión dramática. El francés no es un director muy dado a la ligereza, pero es que esta obra es menos ligera de lo que puede parecer a priori, por lo tanto, el resultado obtenido resulta absolutamente convincente. Deja a los cantantes desarrollar su línea con fluidez, pero sin que esto afecte a la firmeza rítmica, para él fundamental, lo que confiere a la partitura una sensación de naturalidad contenida, sin concesiones que desmerezcan la escritura musical en aras de una supuesta expresividad mal entendida. Confiere a cada sección el espacio necesario, conjugando inteligibilidad y equilibrio de manera sobresaliente.

   Estamos sin duda ante un evento discográfico de dimensiones fastuosas, y Glossa, magnífico conocedor del panorama y mostrando de nuevo su inteligencia de mercado, ha sabido generar un objeto artístico de primer orden, especialmente en esta edición libro-disco limitada de 2000 ejemplares generada para el público francés, con una presentación impresionante, que contiene una serie de cuatro textos escritos con el máximo rigor por cuatro especialistas: Patrick Florentin, Thomas Soury, Sylvie Bouissou y Benoît Dratwicki, que sirven para ahondar en el conocimiento sobre esta obra, sobre la relación de Rameau y Cahusac, o sobre su figura como compositor real. Se añade la correspondiente sinopsis, además del libreto y todos los datos necesarios, contando además con numerosas y fantásticas imágenes. La presentación, a cargo del gran Valentín Iglesias, y una toma de sonido excelente –trabajo impecable de Manuel Mohino–, cierran un registro fundamental, que Carlos Céster ha sabido hacer extensivo al mercado internacional con una edición menos lujosa, pero repleta de la calidad habitual a la que la marca escurialense nos ha bien-acostumbrado a lo largo de los años.

   Cuando uno escucha esta música siente felicidad. Rameau es un inigualable creador de atmósferas, un dador de luz, un estratosférico talento, alguien capaz de hacer remover lo más profundo de uno con sus armonías, su dominio del color orquestal y su tratamiento vocal. Un auténtico regalo de la humanidad que ahora se nos presenta aquí de la mejor forma posible. Un disco –pero mucho más– imprescindible para cualquier apasionado de la buena ópera, pero también para cualquier que disfrute con la música de calidad, aquella que le hace a uno ser feliz.

Publicado en Codalario el 13-II-2015.

miércoles, 7 de agosto de 2013

La "Grandeur"... [crítica, para Codalario, del último disco de Le Concert Spirituel y Hervé Niquet]



La Grandeur del Barroco francés
Le Concert Spirituel presentan en Glossa la interesante música de Louis Le Prince. 

Missa Macula non est in te. Le Concert Spirituel - Hervé Niquet. Glossa [GCD 921627], 2013. TT. 63'48. Obras de Louis Le Prince, Marc-Antoine Charpentier y Jean-Baptiste Lully.  


  Francia siempre ha sido un espejo en el que mirarse, al menos en lo concerniente a la recuperación de su patrimonio musical, sobre todo desde que el interés por los repertorios pretéritos comenzase a calar entre los músicos y musicólogos galos. De hecho, gran parte de este éxito casi inimitable radica en el profundo apoyo institucional que desde hace décadas viene ofreciéndose a grupos y estudiosos para el estudio, interpretación y grabación de obras de los hasta entonces desconocidos grandes maestros del Grand Siècle. Así hemos visto alzarse las grandes figuras de la Francia de los siglos XVII y XVIII por encima de muchos de los maestros del XIX o XX. Los Jean-Philipe Rameau, Jean-Baptiste Lully, Marc-Antoine Charpentier, Marin Marais, André Campra o Henry Desmarest han sido algunos de los más destacados. No obstante, otras figuras que pueden considerarse menores también han obtenido mucha atención por parte de los grandes conjuntos franceses, algunos de sobra conocidos ya por el público de cualquier lugar del planeta.

  Uno de estos grandes conjuntos, empeñado durante años en desempolvar legajos y buscar partituras inéditas, es quien protagoniza esta grabación. Le Concert Spirituel, conjunto con sede en la ciudad francesa de Metz, y que es dirigido desde su fundación por Hervé Niquet, es a su vez uno de los mejores embajadores de la música francesa en los escenarios de todo el mundo.

  Para el presente registro fonográfico han centrado su atención en la ignota figura de Louis Le Prince, compositor del siglo XVII del que apenas conocemos dato alguno. Se sabe que al parecer fue "Presbytero in Ecclesia Cathedrali lexovensi Symphoneta/Symphoniarca, & Capellano./" [maestro de capilla, en resumidas cuentas] en la catedral de Lisieux. La única obra que se conserva de su producción es esta Missa Macula non est in te, que se interpreta y graba aquí por primera desde hace siglos. La obra, que fue publicada por en 1663 por Robert Ballard, llevaba el sobrenombre de Missa sex vocum ad imitationem moduli, dando así buena muestra de las pretensiones del compositor galo en su composición.

  Únicamente se conserva una copia de esta partitura, albergada en la Bibliothèque nationale de France, consistente en esas seis partes, escritas por separado y para las tesituras vocales más comunes del momento en Francia: dessus I [soprano], dessus II, haute-contre [literalmente contralto, aunque hoy sabemos que solía cantarse por tenores agudos, con gran registro y facilidad para las notas altas "de cabeza"], taille [tenor], basse-taille [barítono] y basse [bajo]. Además, la partitura no consta de parte instrumental alguna, ni tan siquiera del bajo continuo -algo ciertamente habitual en la época, por otra parte. Por lo demás, la obra es una clara referencia y alabanza mariana, y está compuesta en el tono de sol menor, descrito por Charpentier como "serio y magnífico".

  Al igual que hiciera en otra de sus grabaciones para Glossa, Niquet presenta aquí una reconstrucción litúrgica en la que utiliza los efectivos vocales e instrumentales que considera fueron los utilizados por Le Prince en su capilla. De este modo, y basándose en las diversas combinaciones ofrecidas por el compositor Jacques de Goy en su introducción al Airs à quatre parties sur le paraphrases des psaumes de Godeau [Paris, 1650], Niquet utiliza únicamente voces femeninas -divididas en haut-dessus, dessus, bas-dessus-, apoyándose en un aparato instrumental compuesto por un conjunto de cuerdas formado por violines barrocos, violas barrocas, violonchelos barrocos y violone, dejando el continuo a su vez al órgano y fagot barroco -solamente hemos de lamentar la ausencia de un instrumento de cuerda pulsada en el continuo, pues siempre aporta ese colorido tan particular a la música del XVII y especialmente a la del Grand Siècle, en la que la thèorbe d'accompagnement es marca de la casa. Las partes instrumentales por un lado doblan las partes cantadas, mientras que por el otro completan las partes que carecen de cantores para su interpretación -aquí básicamente el bajo. La Missa Macula non est in te es un interesante ejemplo del quehacer musical de este momento, pero no nos ofrece melodías ni armonía especialmente complejas, aunque es su sencillez y belleza melódica radica gran parte de su encanto.
       
  El resto del oficio se completa -a falta de un corpus mayor compuesto por Le Prince- con obras de Marc-Antoine Charpentier, del que se ofrecen cinco motetes -Gaudete fideles, Gratiarum actiones pro restituta, O pretiosum, Domine salvum fac Regem y Magnificat [H. 75]- y una pieza instrumental -Ouverture pour le sacre d'un évêque-, además de un motete de Jean-Baptiste Lully. Estas obras son de un carácter totalmente contrastante al de la misa, pues hallamos aquí un tejido contrapuntístico, una complejidad melódico-armónica y un concurso instrumental mucho más virtuosístico y con un carácter marcadamente solístico. Las piezas de Charpentier son probablemente las de mayor trascendencia y preciosismo del presente álbum, portadoras de una belleza fascinante y un carácter recogido, en el que el contraste entre las partes vocales y las instrumentales es ya un valor en alza -los brevísimos ritornelli imitativos son marca de la casa en el caso de Charpentier. En la pieza instrumental la sonoridad francesa se deja entrever en el uso del ritmo ternario y esos puntillos tan característicos, amén de sus partes contrastantes -aquí algo menos representativas de lo que es norma. El motete de Lully, O dulcissime Domine, es uno de los momentos de mayor lirismo, con una línea vocal de gran lucidez melódica sustentada por un refinado bajo continuo que aporta el sustento armónico necesario.

  La interpretación plasmada en este compacto es realmente fabulosa. No estamos ante uno de los mejores conjuntos franceses por nada. La calidad mostrada en las diez cantoras es de un altísimo nivel. Se alcanzan cotas de belleza sonora, afinación, empaste -impresionante este aspecto- y equilibro que no están al alcance de cualquiera -hay momentos de sonoridad casi angélica [escúchese el amen del Magnificat]. El toque maestro viene de la mano de los instrumentistas, comandados de una manera brillante por Alice Pierot, con una limpidez y tersura en las cuerdas que realmente engancha desde la primera escucha

  La dirección de Hervé Niquet es precisa, sacando de cada línea el resultado exacto que esta música merece. El director galo es uno de los mayores expertos a nivel mundial en este tipo de repertorio y eso se hace notar desde la primera nota. Debates, sobre lo adecuado de utilizar solo voces femeninas, la forma de combinarlas, lo apropiado o plausible de las piezas escogidas para completar la reconstrucción litúrgica..., aparte, lo que no puede negarse es que estamos ante un disco de muchos quilates, en el que la calidad de la música habla per se -sobre todo Charpentier y Lully- y la interpretación hace sobrada justicia a un repertorio hasta ahora desconocido y que merecía ser rescatado del "sueño de los justos". Otro nuevo acierto para el sello escurialense, que por lo demás nos ofrece sus calidades habituales: bella presentación e interesantes y fundamentadas notas críticas

Publicado en Codalario el 31-VII-2013.