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jueves, 20 de marzo de 2014

La elocuencia... [crítica, para Codalario, del disco que Mahúgo dedica al clave de Royer]

La elocuencia del clavecin 
El clavecinista español acomete la integral para el instrumento de uno de los grandes desarrolladores del mismo en la Francia del XVIII. 

Complete Music for Harpsichord. Obras de Pancrace Royer. Yago Mahúgo. Brilliant Classics, 1 CD [94479], 2013. T.T.: 61:57.


  Joseph-Nicolas-Pancrace Royer [c. 1705-1755] es considerado en nuestros días como uno de los grandes maestros que ayudaron a desarrollar la escritura clavecinística en el barroco francés. Y lo es, curiosamente, con una producción para dicho instrumento realmente breve. Tan solo se conservan de él estas 14 piezas incluidas en su Premier Livre de Pièces pour Clavecin, publicadas en 1746, así como una pieza suelta, adaptación de un fragmento de su ópera Zaïde [acto II], que lleva por título La Chasse de Zaïde –otras piezas también son adaptaciones de esta ópera, así como de su otro ballet Le pouvoir de l' amour. Personaje de formación y oficios varios, destacó como compositor, clavecinista y organista, pero también como administrador, además de obtener importantes cargos musicales, como Maître de Musique en la ópera de Paris [1730-1733; regresaría en 1753 como inspector general]. Destacó también por ayudar al desarrollo del Concert Spirituel, en los que trabajó para cambiar y mejorar su administración, normas y repertorios –gracias a él hubo algunas obras obtuvieron un prestigio elevado, como su revisión del Requiem, de Jean Gilles, el motete In Convertendo, de Jean-Philippe Rameau o la primeras versiones francesas del Stabat Mater, de Giovanni Battista Pergolesi. Fue un destacado compositor de óperas, tratando diversos géneros: ballet, tragédie –se acaba de editar en el sello Alpha una versión de su Phyrrus–, pastorale… 

  Y sin embargo, realmente su fama –relativa, por supuesto– en la historia se debe a estas quince piezas para el teclado. Algo muy bueno tiene que haber en ellas. Y, en efecto, encontramos una calidad realmente elevada en la escritura clavecinística de Royer. Esta suele transitar por los caminos que la danza –género tan francés– le permite, generando a partir de esta piezas de un marcado carácter enérgico, en el que se potencian los contrastes rítmicos y dinámicos. Algunos piezas son de puro furor –escúchense el Rondeau Le Vertigo o La Marche des Scythes–, mientras que en otras se puede apreciar esa elegante dulzura sugerida que tan bien saben crear los franceses –maravilloso el Rondeau de La Zaïde. En su escritura se nota una evolución, más alejada ya de lo que pudo hacer François Couperin en sus cuatro libros para clave, y relativamente cercana a lo que, por su parte, realizase Jean-Philippe Rameau en sus libros para el instrumento, con un manejo más rico de las sonoridades y lo rítmico, de los registros del clave y sobre todo un desarrollo mucho más imaginativo y arriesgado de la armonía. El dominio de la ornamentación, muchas veces en aras del virtuosismo puro, resulta apabullante.

  Con estos antecedentes se presenta ante nosotros Yago Mahúgo, cuyo nombre no les sonará muy francés. Se trata, sí, de un intérprete español, que comenzó su carrera como pianista –lo lógico hasta hace no demasiado tiempo–, pero posteriormente se decantaría por los instrumentos históricos, formándose, nada menos, que con Robert Hill o Christophe Rousset. Muchos tenemos en la cabeza aquella integral que este último grabase para L’Oiseau-Lyre, siendo aún un joven prometedor, e incluso aquella que William Christie registrase para Harmonia Mundi. Pues bien, hete aquí que la versión de Mahúgo realmente no se queda atrás en lo excelso de sus interpretaciones. Es Mahúgo un intérprete realmente solvente en lo técnico –sobrepasar con audacia los escollos que Royer saltea en sus partituras así lo requiere. Sin embargo, lo que más destaca en sus lecturas es su capacidad para asumir el estilo francés tan marcado y característico que esta música contiene, y que siempre ha hecho a los franceses como los mejores para saber llegar a su esencia. Se nota que el clavecinista español ha pasado y reflexionado mucho tiempo con su maestro Rousset sobre esta música. La obra de Royer cobra todo su significado en sus manos, lo cual es decir mucho.

  Brilliant Classics sigue por la camino de la excelencia. Ya sabemos que nos encontraremos diseños de lujo ni aditamentos que otros se pueden permitir, pero encontrar una música de este calibre a un precio así sigue siendo algo absolutamente imposible de dejar pasar. No se lo hagan, pues, porque querrán escucharlo una y otra vez. Gracias, pues, a Royer, Mahúgo y Brilliant por hacernos ver, de nuevo y para aquellos que aún tienen esa creencia, que la música para clave no es un conjunto de fragmentos aburridos conectados en la búsqueda de una sonoridad arcaica y singular. Nada más lejos. Aquí un extraordinario ejemplo de ello.


Publicado en Codalario el 25-II-2014. 

sábado, 11 de febrero de 2012

Se fueron las manos de BACH

   El pasado 16 de enero el mundo de la música antigua recibía una de las peores noticias que se le podían dar: había fallecido Gustav Leonhardt. El maestro holandés no era solo un clavecinista más, era el gran clavecinista; no era solo un maestro, el maestro de maestros; no era solo un músico, era un músico de músicos.


   A sus 83 años, todavía permanecía en él esa pasión por la música, por el órgano, por el clave, por BACH... Músico, intérprete, musicólogo, organista, clavecinista, director -"solo si consigo subir los brazos"-, pionero..., era la gran figura clavecinística del siglo XX, el maestro al cual el resto de intérpretes veneraban, del que aprendían y al que querían parecerse.

   Forjó su carrera tras terminar sus estudios en la Schola Cantiorum Basiliensis y ya desde la década de 1950 comenzó su fulgurante ascenso. Una de las grandes figuras pioneras en el movimiento historicista, fue responsable -junto a Nikolaus Harnoncourt- de grabar la primera integral de cantatas bachianas con criterios historicistas. Eso fue solo el comienzo.

   Los que hemos tenido la suerte de admirarlo en directo hemos sido siempre conscientes de que no estábamos ante uno más, sino ante el más grande. Yo he sido afortundado cuatro veces y he podido comprobar sus múltiples facetas. Aún recuerdo la primera vez que pude verlo en directo, tocando un precioso clave en un pequeño salón del Hostal de San Marcos (León). Recuerdo la ilusión que tenía al estar allí -siendo solo un adolescente que lo adoraba- y cómo me sentí durante el concierto. Al final, esperaba nervioso para conseguir un autógrafo del maestro y así fue, me firmó sonriente, humilde y aparentemente complacido ante mis recurrentes y nerviosas felicitaciones.
Pero también pude disfrutar de él como organista -en un recital dado en un magnífico órgano Echevarría conservado en la Iglesia de Santa Marina la Real (León)- y en su  faceta de director, ante la Orchestra of the Age of Enlightenment, con obras de BACH y una suite orquestal de Jean-Philippe Rameau -Zoroastre-, que fue la gran culpable de mi furor rameauniano desde entonces hasta ahora.
La última vez que pude disfrutar de su arte fue el pasado año, en Oviedo, uno de los últimos recitales que daría en España, y que como es habitual, me dejó conmocionado durante días.

   Ver y escuchar a Leonhardt se escapa de lo normal. Su pasividad, hieratismo y aparente distancia con la música son solo una mera fachada, posible herencia de su carácter norteño, que esconden, sin embargo, una estructura apasionada, sensible, elagante, delicada. En él todo es puro sentimiento y expresividad. Su conocimeinto de la música excede todo lo superficial y su dominio de las estructuras, el lenguaje, la retórica, etc., hicieron de él un gran genio del teclado.

   No quiso sobrepasar la barrera del siglo XVIII -al contrario que muchos de sus colegas- y su dominio del teclado barroco llegó a prácticamente todos los ámbitos posibles: música alemana, francesa, italiana, inglesa, española y BACH, siempre BACH. Acerca de su relación con el Kantor, decía el propio Leonhardt: "Bach es el más grande de todos. Mi admiración por él no para de crecer y jamás se apaga, a pesar de que pase el tiempo. No sabría cómo explicarlo. Es un gran misterio, el misterio de Bach". Y así fue como quiso despedirse. Al contemplar su último recital, realizado en el Théâtre des Bouffes du Nord (Paris) -que puede verse completo aquí-, vemos a un Leonhardt cansado, con sus peculiares "semiguantes", posiblemente consciente de que su final se acerca y prácticamente decidido a dejar que sus manos descansen finalmente tras cincuenta años de trabajo, trabajo amable, apasionado y agradable.

   Y así se desarrolló ese recital, como el resumen de toda una vida, el final que se espera con la calma del que se sabe satisfecho, pues ha dedicado toda su vida al más noble arte de cuantos existen, interpretando música alemana, inglesa, francesa y BACH, siempre BACH. La última obra que Leonhardt legara a este mundo no podía ser de otro. Por eso, cuando uno se encuentra frente a Leonhardt, sus manos, su espíritu y esa variación 25 de las variaciones Goldberg, vuelve a sentir que está ante un momento inigualable, un diálogo de genio a genio, de dos seres que serán inmortales, que vivirán en nosotros para siempre, en todo aquel que se emocione con la música.

   Mueve la cabeza, inspira, no duda, siente, expresa, descansa... expira.

   Pocas palabras caben ya. Solo escuchar, disfrutar, emocionarse, llorar, reír, vivir... vivir como él vivirá siempre en todo aquel que lo haya escuchado, en todo aquel lo guarde en su memoria, en todo aquel que escuche una de sus grabaciones para sentirse mejor, en todo aquel que se supo afortunado de presenciar a un genio, a alguien que pasó por el mundo para hacerlo indudablemente mejor. Quizá las mejores palabras posibles sean las que muchos de los compositores del Renacimiento utilizaron para expresar el dolor ante la pérdia de alguien querido y admirado. Así sea...

Versa est in luctum cithara mea,
et organum meum in vocem flentium.
Parce mihi Domine,
nihil enim sunt dies mei.