miércoles, 1 de abril de 2009

Y la luz se filtró entre las tinieblas...


Fecha: 28 de marzo de 2009.
Lugar:
Iglesia de San Cipriano, Zamora.
Contexto:
Sexto concierto del Festival Pórtico de Zamora 2009.
Programa: Obras para la pasión de Giovanni Pierluigi da Palestrina, Thomas Tallis, Alonso Lobo y Tomás Luis de Victoria.
Intérpretes: Tenebrae Choir - Nigel Short, dirección.

No se me ocurre mejor manera de empezar mi andadura en este nuevo, compartido e ilusionante proyecto, que intentando plasmar de la manera más sincera y directa lo que pudimos presenciar en la preciosa y románica Iglesia de San Cipriano, de la capital zamorana, el pasado sábado. Vamos con ello, pues…

La Semana Santa: ese tiempo de recogimiento que en ciertos lugares del mundo es utilizado como instrumento de culto por creyentes, falsos devotos, religiosos y fiesteros… y que en tiempos pretéritos se tuvo la buena costumbre de musicalizar los textos utilizados en las liturgias para tal fin, por algunos de los grandes maestros de occidente, dando lugar a aquello que hoy denominados lecciones de tinieblas, lamentaciones del profeta Jeremías, Offcium Tenebrarum
Este es el caso de las obras que ahora nos ocupan: un programa que centró su atención en las musicalizaciones realizadas por algunos de los absolutos maestros del renacimiento europeo. La primera parte estuvo compuesta por el Stabat Mater (otro de los textos, compuesto este por Jacopone da Todi, utilizados para reflexionar en la época de pasión) de Giovanni Pierluigi da Palestrina (c.1525-1594). Siendo como es el maestro romano, paradigma del estilo polifónico más académico, riguroso y sobrio, no cabía esperar fuegos de artificio vocales, ni ornamentales, en la partitura del italiano, pero aún así, toda una obra maestra fue creada por esta mente prodigiosa y plasmada por su pluma. Compuesta a 8 voces, en doble coro a 4 (Cantus, Altus, Tenor, Bassus / Cantus, Altus, Tenor, Bassus), crea una atmósfera absolutamente policoral, asignando cada entrada entre ambos coros como si de ecos se tratara. Palestrina desarrolla aquí una magnífica técnica de fabordones y nos deja en la memoria unos sutiles compases ternarios con mesurados ritmos sincopados. La profundidad dramática de la obra se ve descargada, en algunos momentos, por secciones destinadas a un número de voces algo más reducido, creando una atmósfera trágica -como bien merece el texto- y tratada de una manera ora delicada, ora contundente. En aquel momento, uno comenzaba a vislumbrar que lo que estaba presenciando tenía visos de convertirse en algo excepcional. A la magnífica obra palestriniana le siguieron las dos lamentaciones conocidas que firmara, en su día (c.1560), el británico Thomas Tallis (c.1505-1585) -ambas para Jueves Santo-. Aunque en el programa de mano no se especificaba cual de las lamentaciones iba a ser interpretada, sí se señalaba la interpretación de una de ellas en el libreto general del festival, aunque tampoco se aclaraba cual de ellas, sin embargo, finalmente fueron interpretadas ambas lamentaciones (cuya denominación actual suele diferenciarse con un mero I y II). Sendas piezas forman parte del corpus más interpretado del inglés y resulta muy comprensible si tenemos en cuenta que Tallis despliega toda su maestría en dos auténticas maravillas polifónicas. En ellas encontramos auténticos prodigios en muchos aspectos: los cromatismos que utiliza, las increíbles disonancias empleadas -la que se haya en la primera de ellas, justo antes del verso final Jerusalem, convertere ad Dominum Deum tuum, es un auténtico despliegue de genio armónico-, modulaciones tremendamente expresivas, uso de la homofonía en los puntos que requieren una mejor comprensión y en los que el texto se vuelve especialmente importante, una serie de imitaciones entre las diversas voces definitivamente modélicas y un magistral uso de los melismas que emplea en la musicalización de las letras hebreas del alephato, que dan paso a cada uno de los diferentes versos. Este fue uno de los momentos más sobrecogedores de toda la velada, junto con el que vendría a continuación, que no fue otro que la interpretación de otras lamentaciones, esta vez creadas por el talento sevillano de Alonso Lobo (1555-1617). Mucho se ha hablado y con mucha razón, sobre el siglo de oro español y la capital importancia que el tridente Victoria-Morales-Guerrero tuvo para el desarrollo musical en nuestro país. Ello está muy bien y es más que evidente, pero ese siglo de oro no sólo lo construyeron esas tres mentes, sino que talentos como el de Alonso Lobo ayudaron, en mucho, a que esa capitalidad musical se refrendara y afortunadamente está empezando a ser reivindicado como merece. Estas lamentaciones son auténticas obras de arte de la creación humana. Se interpretó aquí una de sus lamentaciones, concretamente la escrita para Sábado Santo, en la que Lobo despliega toda su capacidad expresiva para ofrecernos una pieza -de extraordinario y amplio minutaje- en la que los larguísimos melismas sostenidos utilizados sobre el alephato son su elemento más reconocible y que nos sirven de reposo y contemplación para afrontar los versos de líneas arqueadas que flanquean la pieza. Junto con las piezas de Thomas Tallis, conformaron el momento más mágico y sobrecogedor de todo el espectáculo.

Parte correspondiente al cantus, perteneciente al motete O magnum mysterium, de Victoria.
Extraído del libro de Motecta de 1572 y obtenida en http://tomasluisdevictoria.org/

Tras el adecuado descanso, muy necesario para poder asimilar todo lo que allí se había ofrecido -tras una primera parte que tuvo la nada desdeñable duración de una hora y diez minutos-, se nos ofreció una segunda mitad compuesta, única y exclusivamente por responsorios del gran Tomás Luis de Victoria (1548-1611). Se ofrecieron seis de ellos, a saber: Amicus Meus, Iudas Mercator Pessimus, Unus ex discipulus meis, Eram quasi agnus, Una hora y Seniores populi, correspondientes a la que sea, probablemente, la colección de música sacra que corona el Olimpo del arte musical en el Renacimiento: el Officium Hebdomadae Sanctae -compuesto y publicado en Roma en 1585-. Para centrar más la información, es conveniente señalar que estos responsorios corresponden a la Feria quinta; In Coena Domini; Ad Matutinam; In Secondo Nocturno (los tres primeros) y Feria quinta; In Coena Domini; Ad Matutinam; In Tertio Nocturno (los tres restantes), todos ellos compuestos para cuatro voces. No es necesario explicar, a estas alturas de la partitura, que el maestro abulense es un verdadero genio en el arte de narrar escenas por medio de la notación y el nivel de dramatismo que consigue en estas obras, con el denominador común del sentimiento de abandono y traición por parte de los que rodean a Cristo, es absolutamente modélico, como así demuestran algunos de los ingenios utlizados por el maestro: recursos rítmicos -como la aceleración- para indicar prisa en los captores, acordes lentos y ritmos ralentizados para dar muestra de la sepultura del Señor, la variante que introduce en algunos versículos al utilizar sólo tres voces, e incluso solamente dos –en el caso del Amicus meus-, como medio para indicar si los participantes en la escena son muchos o pocos, jóvenes o viejos; recursos armónicos como el modo menor para escenificar la oscuridad o el no concluir un acorde en la tónica para representar la suspensión, cuando así lo indica el texto; hasta alterando el uso de las tesituras (del modelo básico del cantus, altus, tenor, bassus, al de dos cantus, altus, tenor), mostrando de esta manera, que era un absoluto dominador de eso que se ha llamado afectos musicales. Hay que señalar, también, el uso de los cantos de lecciones entre cada uno de los responsorios, interpretadas en canto llano, que fueron encargados a distintos miembros del conjunto vocal, tanto voces masculinas, como femeninas.
Como propina, ante los continuos y desatados aplausos y ovaciones que les brindó el público, tuvieron a bien obsequiarnos con una obra de Pau Casals, que no fue otra que su celebérrimo O vos omnes, que si bien resultó demasiado anacrónica, es una obra absolutamente bella, sobre todo en esa cadencia imperfecta con que finaliza y que cambia mucho la idea previa que uno puede tener de este músico catalán -al menos para mí fue una auténtica sopresa, cuando la descubrí hace cosa de tres años-.

Y si la velada se convirtió en algo absolutamente subyugante se debe, en gran medida, a la descomunal y cuasi perfecta interpretación que, de tan maravillosas obras, tuvieron a bien regalarnos el conjunto británico Tenebrae Choir -de sugerente y apropiado nombre para la ocasión, como puede comprobarse-, que dirige el ex cantante Nigel Short. Este coro de cámara inglés, creado hace unos pocos años, ha basado su actividad tanto en la música antigua, como en las creaciones contemporáneas, algunas de las cuales han sido creadas ex profeso para ellos. Suelen actuar creando una atmósfera singular, mediante la utilización de candelabros, ataviados con túnicas y acomodándose y jugando con la acústica de cada lugar, aprovechando el espacio para crear estereofonías, sonido ambiente, rodeando por completo al oyente, que disfruta de una sensación única. Para nuestro concierto sólo utilizaron parte de su performance habitual: la iluminación por medio de tenebrarios, preciosos, por cierto y que habían sido creados por la Escuela de Arte de Zamora, dejando a un lado la parte estereofónica -poco adecuada para ciertos repertorios- y utilizando una vestimenta negra "al uso". El resultado de la iluminación es siempre un punto fuerte y un garante de éxito, sino fuera porque el iluminador del festival se encargó de iluminar con una horrenda luz anaranjada los tres ábsides que tenían a sus espaldas, dándole a todo un aspecto horriblemente kitsch, rompiendo, de esta manera, cualquier posible ambiente espectacular que hubiera podido crearse. A pesar de todo y como la música es, ante todo, música y ha de estar ajena a cualquier tipo de aditivos, pudimos disfrutar de una interpretación absolutamente memorable. Compuesto por 17 voces, cuatro por parte, a excepción de la soprano, con cinco, nos ofrecieron unas versiones muy íntimas y delicadas, aunque de vez en cuando dejaban caer algún que otro fuerte realmente contundente -demasiado, quizá, en algunos momentos-, no obstante, la ternura y limpieza con que interpretaron la mayoría de los pasajes hizo que me olvidase de aquel detalle. El coro sonó absolutamente empastado, tanto, que en la obra de Palestrina, a doble coro, cada uno de los coros sonaba absolutamente igual al otro, lo que hacía prácticamente imposible distinguirlos, sino fuera por el espacio amplio que los separaba. Pero el empaste no fue su única virtud: una afinación impresionante, expresividad fantástica, una dicción más que buena -más tratándose de ingleses cantando en latín-, un equilibrio magnífico, a pesar de que en algunos momentos de la primera parte eché de menos algo más de bajo -como casi siempre, pues los coros ingleses centran más su atención en las partes altas del conjunto-, un color precioso en todas y cada una de las cuerdas, una brillantez exquisita en las sopranos -con ese color casi de voz blanca tan característico- un sonido colocadísimo en la cabeza y abierto en los tenores, una cuerda de altos -compuesta por una contralto y tres contratenores- muy delicada y siempre presente, lo cual no resulta tan habitual como fuera deseable y unos bajos contundentes y firmes, marcando siempre el carácter armónico de cada pieza. En definitiva, un verdadero corazo, con auténtico british sound, que poco o nada que envidiar tiene -si siguen sonando como este día- a los grandes de estos repertorios. Cabe destacar la gran solvencia con que fueron resueltos los fragmentos en los que Short tuvo a bien utilizar una sóla voz por parte para recalcar algunos momentos de la partitura, así como las magníficas intervenciones que tuvieron lugar, de manera individual, en cada uno de los cantos interresponsoriales en canto llano. Ya había presenciado un concierto de este conjunto, hace tres años y recuerdo que en aquella ocasión me quedé con un magnífico sabor, pero había que tener en cuenta que en aquella ocasión contaban entre sus filas con varias voces muy, pero que muy experimentadas en estos asuntos, verdaderos pesos pesados en Inglaterra y en esta ocasión se han presentado con un conjunto totalmente renovado, con la juventud por bandera –era realmente impresionante observar la media de edad de los integrantes- y que consiguieron sonar como uno sólo, auténticamente unidos. A pesar de ser partidario de interpretaciones más reducidas en el número de componentes -el uso de dos voces por parte es el que considero más adecuado para estas lides- he de admitir que el resultado obtenido por estas 17 voces fue absolutamente impresionante y tan sorprendente, que pasados tres días desde aquel momento, aún estoy intentado reponerme y dar crédito a lo que presencié.

La dirección de Nigel Short, como cabía esperar, fue absolutamente magnífica: una técnica bastante depurada, con un estilo elegante, bastante detallista, en cuanto a entradas se refiere, marcando bien las ideas que quería transmitir… todo lo bueno que cabe esperar de alguien que conoce bien tanto el repertorio renacentista (por su trabajos con The Tallis Scholars o The King’s Singers), como contemporáneo (sobre todo con estos últimos). Me quedo con dos detalles de su dirección: 1.- La pequeña licencia, quizá no muy histórica, eso sí, que se tomó al marcar ciertos ritardandos y tenuti para disfrutar y recalcar las diversas y extraordinarias disonancias que había en algunas piezas, sobre todo en la primera parte; 2.- La manera que tuvo de contener al público al finalizar cada obra, para dar esos segundos que la música necesita para dar su última palabra y esfumarse, evitando así esos molestos aplausos que el público tiende a emitir antes de que la música haya desaparecido.

En definitiva, un concierto absolutamente memorable, en el que disfruté como hacía tiempo que no disfrutaba, pues aunque hubo quien vio en estas obras algo absolutamente soporífero y sufrió para aguantar del principio al fin -si bien es cierto que para este tipo de conciertos hay que estar algo curtido en estas lides-, la absoluta belleza, armonía y sinceridad que hallé en aquellas obras y la total sublimación a la que fueron elevdadas por aquellos jóvenes cantantes, como en muy pocas ocasiones he podido escuchar, hicieron que hubiera momentos auténticamente mágicos, emocionantes y dignos de recordar hasta que uno abandone este mundo, volviendo a perderse entre las tinieblas y dejando aquella luz que una vez le iluminó, filtrándose entre estas como si de agua entre los dedos se tratase.




Tomás Luis de Victoria. Responsorio: Una hora.
Álbum: Officium Hebdomadae Sanctae.
La Colombina - Josep Cabré, dirección.
Glossa 2005



Thomas Tallis. Lamentation I.
Álbum: Latin Church Music.
Taverner Consort & Choir - Andrew Parrott, dirección.
Virgin Veritas x2 1999-2003

3 comentarios:

Salaverde dijo...

Estimado amigo, muchas gracias por tu detallada y sentida crónica. Se nota que esta música te cala hasta lo más profundo del alma. Muchas gracias, también, por haberte decidido a crear este blog, con la dedicación que ello conlleva. No dudes que pasaré por aquí a leer tus entradas con avidez. Ha habido varias cosas que me han encantado de esta primera: tu apasionada reivindicación de Alonso Lobo, y la constatación que haces de que es posible escuchar interpretaciones magníficas de esta música con grupos relativamente numerosos. Espero poder escuchar a Tenebrae con una plantilla como la que cantó en Zamora.

Mimi dijo...

Por fin quedó más o menos como querías. jajaja. Está claro que eres un poco incompatible con este de la informática, pero no te agobies, que te ayudaré siempre.
Como mi opinión del concierto ya la sabéis no la voy a reflejar aquí.
Un beso muy fuerte para los dos y espero que este sea el primer texto de una larga lista.

Mario Guada Gutiérrez dijo...

Hola:

Muchísimas gracias a ambos.

Gracias a Mimi, porque sin su ayuda, no sé que sería de mí cuando a la informática le da por funcionar sistemáticamente mal.

Y gracias a Salaverde, pues sus profundos conocimientos acerca de estos temas hacen mucho más valiosos los halagos que me transmite. Espero que las próximas entradas también sean de su agrado, aunque, lamentablemente, hay muchos menos conciertos de polifonía renacentista de lo que sería deseable, no obstante, siempre nos quedarán los discos...

Un afectuoso saludo.